Prologo
Lo que ocurrió fue básicamente así:
Me encontraba en la más remota oscuridad, pero sus voces diciendo que estaba en coma por culpa de la sobredosis de somníferos, llegaron a mis oídos haciéndome entrar en pánico. Tenía mucho miedo y entonces una luz cegadora apareció. Al principio cerré los ojos lo máximo que pude, pero era tal la cantidad de luz que había que, aun con los ojos cerrados, veía blanco. Después, la luz se fue atenuando, y cuando el destello apenas era perceptible, abrí los ojos. Lo que encontré ante mí fue algo inesperado. Hermoso y aterrador al mismo tiempo: Un niño. Pero no era un niño normal. Tenía algo misterioso… Para empezar, todo el brillaba. La luz ahora era un tímido brillo, pero salía luz de él.
Me centro de imágenes de mi cabeza haciendo un esfuerzo por recordarlo. Era un chico también de unos ocho años, como yo, pero el parecía mucho más mayor, como si tuviese casi nueve. –sí, sé que la diferencia de edad es casi nula, pero en esos momentos me parecía que él estaba muy por encima de mí. Que era superior.- Levantó el mentón para mirarme, y juro que por unos momentos me olvide del coma o lo que estuviese pasando en aquella sala de operaciones: Su sonrisa era perfecta, tenía todos los dientes alineados y brillantes, con unos pequeños hoyuelos en ambas mejillas que para mi gusto, transformaban su rostro en uno de esos que se califican como “adorable” –o al menos, así fue como lo definí en ese momento-. Si miraba sus ojos… Bueno, nunca antes había visto unos así. Eran celestes. No azul claro, o azul verdoso, sino un intenso color celeste que hacía que se me pusiesen los pelos de punta y un escalofrío recorriese mi columna vertebral empezando por la nuca y llegando a parte baja de mí espalada.
Recuerdo que me tendió la mano y que ese gesto por su parte, me hizo despertar de él. Recordé los gritos de mi madre y me asuste de nuevo, por lo que agarré su mano sin pensarlo. En ese momento me di cuenta de que, o yo estaba helada, o él tenía las manos demasiado calientes. Creo que era ambas cosas a la vez.
Mire a mí alrededor. Ya no estaba en el hospital. Era un túnel. Me explicó que podía quedare para siempre en ese túnel, ir con el hacia la luz, o volver con mis padres. Le dije que no me quería quedar allí, pero que la única luz que veía era la que salía de s interior, y que no sabía cómo regresar. Su carcajada fue la melodía más bonita que había escuchado nunca. Creo que era tan hermosa que me hizo desear ir con el hacia la luz.
Sin embargo, yo sabía que en todas las películas, dicen que la luz lleva a la muerte, y yo no estaba preparada para eso. Le pregunte, pues, como volver y después de insistirle un poco, a regañadientes, me dijo que debía escuchar la voz de mi madre llamándome. Dijo que solo tenía seguir el sonido de su voz para acercarme a ella y así llegar a la salida de ese túnel, pero que debía tener mucho cuidado, porque si me confundía, y me guiaba de otras voces, podría despertar en el cuerpo de cualquier otra persona que también quedo en coma.
Sé que le suplique que me acompañase, pero me dijo que no podía hacer eso, que su mundo era ese túnel, y que su labor era guiarme en momentos tan desesperados como aquel, en los que él era mi única opción. También me explico que cuanto más tiempo estuviese agarrada a él, más difícil me sería volver.
Desee soltarle de inmediato, pero la calidad sus manos me relajaba. Incluso me hacía dejar de sentir miedo. Estaba a gusto con él.
-¿Eres la muerte? -Pregunte un poco nerviosa, pero nada asustada. Él no me daba miedo.- No me quiero morir aun.
Era irónico estar frente a la muerte de la mano y no tener miedo alguno, sino sentirse plena. Me imaginaba a la muerte como un esqueleto con una caperuza negra, con una oz en una mano y tendiéndome la otra. Me imaginaba unas manos largas y huesudas. No al niño más hermoso y puro que jamás podría existir sonriéndome de oreja a oreja y mirándome a los ojos, con esos suyos de ese color tan peculiar.
-No -Esa melodía volvió a salir de sus labios cuando se rió.- Soy tu ángel de la guarda -eso, aunque no me guste admitirlo, me decepciono. Esperaba que fuese la muerte, pues sé que todo el mundo debe verla al menos una vez a lo largo de su vida, y si la muerte no era él, eso significaba que entonces si podía ser ese esqueleto cubierto de negro. No quería juntarme nunca con una imagen semejante, por eso, era tan importante para mí que esa imagen no existiera.- Mi trabajo es esperar, para llevarte al cielo cuando estés lista. No te matare, solo te llevare a otro lugar más bonito y mejor.
Eso, de cierto modo sí que me pareció que podían ser palabras, de la muerte, pues si me arrancaba de este mundo, a mí no me quedaría nada, ni siquiera ganas para conocer el cielo, y si no me queda nada, es como si me lo quitasen todo, por lo que era como matarme. Además, puede que para él, el sentido de bonito o mejor fuese distinto a mi opinión, y teniendo en cuenta que su hogar era ese túnel, nunca ha estado en mi hogar, por lo que él no era quien para juzgar que era mejor o peor.
Me asuste. No quería tener un ángel de la guarda, si este pretendía quitarme del único lugar que conocía y que me hacía feliz. Le solté horrorizada. No quería ir con él. No quería que sus encantos me sedujesen como si fuese un puñado de chicles a cambio de hacer los deberes. Esto era algo más serio.
Al soltarlo, sentí que una fuerza, parecida a una corriente de aire, me empujaba hacia el lado del que venía. Él llevaba razón, estaba más cerca de la vida y pude apreciar en ese momento, que ese lado estaba en el sentido contrario del que estaba mi ángel de la guarda.
Busque la salida del túnel, dejándolo atrás. Me dijo que por favor esperase, y que quería empezar de nuevo esa conversación, que no sabía que había dicho mal, para que yo reaccionase así. También me dijo su nombre, lo cual no me gusto, porque no sonaba a uno humano. Igualmente yo no mire atrás en ningún momento, y al parecer él tampoco tuvo indicios de querer seguirme, pues cuando llegue al extremo por el que supuse que debía ir, me encontré sola.
Bueno, sola no, pues había mucha gente, pero él no estaba.
Había muchas bifurcaciones, y personas caminando lentamente perdidas por ellas. Me daban miedo. Algunas almas iban a color, vestidas con ropa normal. Otras estaban en tonos sepias y llevaba una bata de hospital. Otras iban vestidas de blanco y negro, pero recuerdo que las que más miedo me daban, eran las que solo eran un puñado de huesos moviéndose. Me entro el pánico. No sabía a donde dirigirme. Sentí ganas de vomitar. ¿Eso era yo? ¿Otra alma perdida? Me entro el pánico. Supuse que el color tenía que ver con el tiempo que llevaban allí, por eso sentí un inmenso alivio cuando vi que llevaba la ropa que me puse esa mañana antes de ir al hospital, pero cuando levante la mirada de mi ropa, y la centre en lo que me rodeaban sentí nauseas, mientras miraba a todas partes sin saber a dónde dirigirme. ¿Y si volvía con él? Me mordí el labio. El cielo debía ser mejor que esto. ¿Pero y si ya se había ido...? no me atrevía a retroceder, y mi orgullo me impedía regresar arrastrándome a él y suplicándole ayuda. Me quite esa idea de la cabeza al reconocer la voz de mi madre y corrí hacia ella. Era su voz, lo tenía claro.
Tropecé un par de veces mientras corría. Escuchaba su voz cada vez más cerca pero lo único que veía era un muro de niebla que me impedía ver lo que había más allá de mi mano. Me caí y lo siguiente que recuerdo es despertar en el hospital con mi madre abrazada a mi cuerpo, mientras mi padre estaba tranquilo sentado en una silla. Su único síntoma de preocupación era la fina y tensa línea que formaban sus labios. Ni una sola lágrima, o gesto de alivio al verme.